sábado, 21 de junio de 2008

Four minute warning


This is just a nightmare
Soon I'm gonna wake up


Siempre hay un instante, por la madrugada, en el que la ciudad se calla y el tiempo se detiene, y sólo queda el rumor de la bicicleta deslizándose por el asfalto y el frío del viento y a un costado, el mar. Entonces suelto el manubrio y también me deslizo, como un guante, por la avenida larga y vacía, brillante de rocío y de gotas de sal. Hay líneas blancas en el camino, líneas intermitentes, incesantes; me divierte imaginar que albergan veneno, y avanzo entre ellas haciendo zig-zag, ondulando mi marcha como una serpiente.


Running from the bombers
Hiding in the forest
Running through the fields
Laying flat on the ground


A un costado el mar, borroneado por la bruma y la oscuridad; al otro, casas y casas dormidas, estáticas, efímeras; en su interior, gente que duerme, sueños de muerte. Hay celestes en sus almohadas, o quizás rojos, hay olor en sus cuerpos y sangre y piel, y sonrío porque existen, porque me maravilla saber que existen, porque detrás de los muros existen y respiran, porque es madrugada y pronto despertarán, en un suspiro abrirán los ojos y saldrán al mundo; entonces hay algo de dolor en el ruido de la bicicleta, un dolor dulce y amable, el de saberse único e irrepetible, el de saberse mínimo y final.


I don't wanna hear it
I don't wanna know
I just wanna run and hide


Voy erguido, liberado de los quehaceres del mando, la frente cubierta de agua, una bufanda alrededor del cuello, humedad en los pies, manos congeladas, grietas en los labios; el manubrio oscila en el aire y el camino se hace errante e incierto. La avenida es larga y vacía, y si pedaleo llegaré a casa, porque en el fin del camino hay una casa y lo sé. Pero hay un instante, siempre de madrugada, en el zig-zag de las líneas, en el que no hay números ni letras, no hay ruidos ni voces; hay un instante que no puedo prever ni tampoco narrar, en el que la ciudad se calla y el tiempo se detiene, en el que imagino, sin esfuerzos, que detrás de la curva, al amparo de un edificio enorme y marrón, hay un abismo de penumbras, un abismo oscuro e infinito que me espera, en silencio. Y mientras ellos despiertan, yo me deslizo, inexorable, hacia el final.




This is your warning
Four minute warning

sábado, 7 de junio de 2008

Take life as it comes


Nunca hay monedas en el suelo cuando se las necesita. No, no es una máxima de Murphy sin gracia; es más bien la única certeza con la que culminé el paseo.

Ayer, o antes de ayer, o un día de éstos, estaba en el Norte de la ciudad, y tenía que viajar al Sur. Tenía 80 centavos, a saber: una plateada de 25 con el relieve del Cabildo pegoteado con quién sabe qué, una de 50, dorada y brillante, y una chiquita de 5. No alcanzaba para el colectivo. Tenía también un billete de 50 pesos, el ceño fruncido y los ojos severos de Domingo Faustino arrugados en el bolsillo, pero me daba miedo pedir cambio a los kiosqueros; es sabido que ante la escasez, las monedas, baratijas rellenas de cartón, cotizan cual doblones piratas. Pensé que no tenía apuro ni cansancio, pensé en caminar. A los pocos pasos me invadió una certidumbre inexplicable: si observaba con atención, la moneda faltante aparecería en cualquier esquina. ¿Cuántas gentes con monedas habían pisado esas baldosas? Miles. Cuanto más caminaba, por calles transitadas y bien iluminadas, más inminente me parecía el hallazgo, menos necesaria la suerte y el azar.

Recorrí, digamos, 50 cuadras. Digamos, una hora. Pongámosle, 14 canciones –mp3 modo aleatorio-. No creo haber levantado la vista del suelo, más que para evitar los autos y obedecer a los semáforos. No miré los rostros de las personas que cruzaba, apenas vislumbré sus zapatos; no reparé en los edificios ni en los carteles. No miré nada de lo que habitualmente miro, todavía con ojos de turista, cuando camino por Buenos Aires, ladeando la cabeza hacia el cielo y los techos y los balcones y las cúpulas. Forzado a mirar hacia abajo, vi todo lo que siempre pisoteo, a veces intuyo y nunca registro.
Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es:

Vi telgopor desgranado y brillante como la nieve, una planta de lechuga, un trozo de disco compacto, un envase de sal; vi una hoja de un diario matutino que en itálicas prefiguraba una catástrofe, una lata de pescado, una bolsa de plástico y un caramelo azul; vi la huella de un zapato dibujada sobre excremento de perro, vi millones de colillas, tarjetas de teléfono, barro, manchas verdes, saliva y cal. En algún momento cantaba Tom Waits, y su voz aguardentosa hizo eco en un afiche pisoteado que anunciaba las bondades de no sé qué pastilla para prevenir la gripe o el resfrío; en otra parte de la caminata, Lou Reed dijo watch out, the world’s behind you y nunca miré hacia atrás, seguro de que el mundo y las colillas y los pedazos de vidrio seguirían allí, y de que la moneda jamás aparecería.

Faltando 20 cuadras –ponele-, la guitarra de Albert King me provocó un súbito impulso futbolístico: comenzaron a volar las botellas de agua mineral y las tapitas de cerveza. Una piedra oval se deslizó más de lo previsto e impactó en la puerta de un coche estacionado –quiero creer que nadie vio nada-. A esa altura del paseo, huelga decirlo, ya no buscaba el destello de un Cabildo plateado o un escudo dorado. Después vino Polly, she’s just as bored as me, y juzgué impropia mi energía, bajé el ritmo y comencé a entretenerme evitando pisar las hendijas de las baldosas, como hacen los chiflados. Something in the way se apareció solita –o debo suponer que dentro de mi Ipod hay un DJ genial que musicaliza la vida con timming perfecto- y los pasos se hicieron cortos y displicentes.

A falta de 10 cuadras, una moneda surgió de la nada, rodó por el suelo unos diez metros en línea recta, acompañando mi marcha, perdió impulso, describió una curva y fue a parar a un charco de lluvia acumulada en una vereda gris. Sonreí con naturalidad, sin ningún asombro, como quien comprueba un evento previsto y escrito en el viento; me incliné y la saqué del agua. Una señora de unos sesenta años y un flequillo imposible dijo algo que no escuché. Le di la moneda. Asintió con un gesto imperceptible y siguió su camino.

Dediqué las últimas cuadras del paseo a intuir el destino de la moneda. Otra certidumbre inexplicable me invadió: supe que la moneda habría ido a parar al fondo de la máquina del colectivo; el colectivo llevaría a la señora más allá del Sur, al otro lado del río; al otro lado estaría su casa, una planta de malvones en el fondo y un gato gordo y marrón. Cuando metí la llave en la puerta de casa, la calle estaba completamente desierta, el Sur olía a verdura podrida y PJ Harvey cantaba we float, take life as it comes.


domingo, 20 de abril de 2008

Oxímorron


Un verdulero de acá a la vuelta –el “acá” no requiere mayores precisiones: acá es cualquier lado- me vendió mercadería en mal estado. Lo denuncio aquí y no en defensa al consumidor porque todavía creo en el poder de la pluma antes que el de la espada pública.


Paso a narrar los hechos: el señor verdulero, sujeto regordete, pestilente y de mirada huidiza, termina de pesar los 34 kilos de Zucchini que le encargo y anota una serie de jeroglíficos en un papel. Lo rubrica con una estridente raya que confirma su extraña operación matemática y anuncia el costo con voz ronca y feliz. Hasta aquí, todo como Dios manda. Pero sucede lo que sucede siempre con los insaciables comerciantes minoristas: mirando fijo a los ojos, lanza un imperativo “¿qué más?”. Lo confieso: no tengo cintura para eludir semejantes argucias. Turbado por el tono coercitivo y la mirada penetrante, dudo por un instante, trastabillo. El verdulero huele sangre y arremete:

-¿Morrones? ¿Tiene morrones?
-Sí, si, ya ten...
-¿Rojos, verdes?
-Sí, sí, la verd...
-Ahhh, pero no tiene lo último que llegó: oximorrones

Desconozco el vocablo y me pongo rojo como el morrón. ¿Qué hacer? ¿Admitirlo y quedar como un zonzo o cuestionarlo? La cavilación dura un instante, porque enseguida se aclara la cuestión:

-Oximorrones, no sabe lo que son, una cosa de locos. Haga una salsa y pruébelos. Le da un toque de... ¿cómo decirlo? Dulzura salada. Un aroma como a ajíes daneses, un gusto a frescura añeja, un...



El macaneo metafísico duró unos minutos más. Luego, otra operación en un papel. Una baratija los oximorrones: 267 pesos el kilo. No es necesaria la heladera, concluyó. Alcanza con el refrigerio de la intemperie y el humo.




Hoy es un día gris. Los oximorrones están podridos.





fin

miércoles, 16 de abril de 2008

vivre sa vie

Hoy salí
a comprar galletas

la cuadra estaba
inmersa,
como flotando,
en una nube de humo

nube gigante
borrando los edificios

crucé la calle;
los ojos ya me dolían

entré a un supermercado chino,
las luces titilaban
como en una disco
encendido apagado
encendido apagado
y así.

una voz oriental cantaba
una melodía pop occidental




hoy vi la película perfecta
vivre sa vie




fin de mi día

viernes, 15 de febrero de 2008

terapia



But that same image, we ourselves see in all rivers and oceans.
It is the image of the ungraspable phantom of life;
and this is the key to it all.

Herman Melville - Moby Dick






terapia: una ola de 3 metros
(tubo perfecto)
en mar desolado
de las playas del Sur
te golpea -me golpea-
de lleno en la cara
y te arrastra -me arrastra-
15 metros hasta la orilla
sol de 8 pm
y espuma

lo más parecido a morir feliz
y el pez (¿una corvina?)
nada lateralmente en la cresta
un segundo antes de que rompa la ola
(felicidad)

recibir una paliza del mar
al menos diez piñas=anestesia para el resto del 2008
gracias




virginia y alfonsina tenían razón:
agua
y hasta pronto



y gracias

martes, 27 de noviembre de 2007

denial


I have no ideaaaaaa what I am taaaaaaaalking aboooout

I am trapped in this body and caaaaaaaan't get oooout










¿Vieron cómo estamos acostumbrados a generalizar, fraccionar, clasificar, etiquetar, estereotipar y reducir al universo para sentir la ilusión de ser parte de él, de pertenecer a algo tangible y delimitado?


Ante lo infinito:

1 o 4 o 890;
A, B o C;
Negro o blanco o gris
Bueno malo feo lindo
metros gramos litros
dólares euros yens
1010101100111000
norte sur este oeste
arriba abajo
etcéteraaaaaa





Bueno, Radiohead ha logrado simplificarlo a una sola palabra:









denial












deniaaaaaaaal







Bájense el disco gratis, giles:

www.inrainbows.com















denial

domingo, 21 de octubre de 2007

Sobre Roderick Jaynes, o la valentía de los Doppelgängers


Poner títulos a las películas no es fácil, dice Periquito, naaaahh

Sino miren las peripecias de Joel & Ethan y su díscolo montajista Roderick Jaynes, para dar nombre a la mejor película (hay que ver No Country for Old Men, que viene con muy buenas críticas) que los Coen han hecho a la fecha -horrible cacofonía, diría la Pí más prrrreciosa-.

Escribió Jaynes:

(las mejores partes con letra morena. Negrita en la jerga, pero mi para nada hipócrita correctismo político no admite voces racistas)



Friday September 28, 2001The Guardian

One of the hallmarks of old age is the gradual realisation that one is no longer conversant with, or even much aware of, the surrounding culture. Living in Haywards Heath these past 30 years, largely retired from the movie business, I must confess that until recently I hadn't heard of - let alone seen -Pearl Harbor, The Klumps, Vertical Limit, or Lara Croft: Tomb Raider. Well, Pearl Harbor I'd heard of, of course, in its geographic and historical sense, but the motion picture was not on my radar, so to speak. Someone told me that its star was Ben Affleck, which I asked them to repeat a number of times in the belief that they were trying to expel phlegm. Other sources confirm that such is in fact the name of a contemporary cinema star. Live and learn.

I mention this to explain my puzzlement at many of the candidates for the title of the movie whose script these remarks introduce, candidates bandied back and forth by the film-makers as I tried to concentrate on the picture's montage. I am something in the nature of a film editor emeritus, and brothers Joel and Ethan Coen are self-styled cinéastes who had begun shooting this, their latest movie, with little concern as to what it might ultimately be called. "Pansies Don't Float" was an early working title that, thank goodness, they were prevailed upon to discard. They had likewise been coaxed away from more opaque titles aiming to peg the movie generically as a noir : "I, the Barber," "The Man Who Smoked Too Much," and "The Nirdlinger Doings". The Coens entertained (or entertained themselves with) "Missing, Presumed Ed" and "Mr Mum" -both references to the alienated and closemouthed central character Ed Crane, played by William Thornton. They rejected as "too 60s" the one candidate of theirs that I found not uninteresting: "I Love You, Birdie Abundas!"

At first I kept my head down as they argued, struggling to make simple match cuts in footage shot by people patently ignorant of the simplest mechanics of scene construction. The chore was familiar to me, this being my seventh picture with these film-makers, and prompted me to wonder whether a deft and resourceful film editor mightn't sometimes be less the director's friend than his enabler, licensing the sloppiness and ineptitude of he who might otherwise reform. This is a theme upon which, sadly, I could at this point write a book. Friends at Faber & Faber, take note.

As I mentioned before, I am retired. I now unsheath my scissors, as it were, only to work for les frères Coen. They pay well, no doubt of necessity, since their footage, or their persons, frighten away those editors not in their golden years who would be more willing to trade some salary for a feature film on the old résumé. In the case of this film, they promised to sweeten the pot with a paid holiday weekend in Blackpool if I should come up with a title they would end up using. I was happy enough to give it some thought.

Titles, I believe, should be straightforwardly descriptive. Gimmicks, whimsy, and effortful grandeur are simply not on. Accordingly, my suggestion was the direct and unfussy "Edward Crane". Imagine my surprise when the film-makers called as I was stuffing seaside togs into my valise, to say that they felt "we" still hadn't "nailed it". I offered what I thought was a sensible amplification, "The Barber, Crane." When this too was rejected I began to question my own decision to engage with cretins. All the more when they explained that they were looking for something poetic, like "The Other Side of Fate", which they both found appealing but were disinclined to use because of their uncertainty as to whether Fate had more than the one side. "None Know My Name" was another of their favourites, rejected only because of its superabundance of m's and n's. They had solicited my advice, they now told me, because they thought that, being British, I might know some "Shakespearean stuff that might work". They propounded the theory that a good title intrigues, is suggestive, allusive, and makes one want to know more. I was going to suggest "The Man with the Gas Hearth" but, mindful that they also wanted something that savoured of pulpy confession, proposed "My Hearth Is Gas". This prompted a few minutes' thought from Ethan at the end of which he asked: "Is that from the sonnets?"

Perhaps one should not draw back the veil from the creative process. Here are two men respected in the arts about whom it is possibly not necessary to know that they are in fact clods. But on the other hand this knowledge might be tonic to a general public imbued with perhaps too much awe for creative personages. At any rate, my musings on their personal vacuity bore me to what I thought was not a bad title for their film: "The Man Who Wasn't There."

And indeed, the brothers received it with enthusiasm. But the next day a crestfallen Ethan told me that the title had already been used: it was the name of a Steve Guttenberg comedy of the 1980s. When I asked the obvious question, to wit, "Who is Steve Guttenberg?" Joel giggled, and Ethan stared. "Duh," he said. "Police Academy?"

Well, I will take their word that there is such a person who starred in such a movie; as I confessed at the beginning of this introduction, I am hardly an authority. At any rate, Joel proposed that, to avoid infringement, my title be amended to "The Man Who Wasn't All There". When I pointed out that the added word, though short, significantly altered the title's meaning, Ethan bellowed that I was a "pedant". (Both men tend to become tart when challenged.) They came up with two other choices that I found obscure: "I Will Cut Hair No More Forever", and the puzzlingly verbless "Ed Crane, You So Crazy!" There matters rested, in uneasy contemplation of unsatisfactory alternatives, until the two decided to "call Steve" and ask for permission to use my clearly superior nomination.

It was a no doubt bemused Mr Guttenberg who received an incoherent phone call (of which I heard the one side) that began with the brothers simultaneously, fulsomely, and at length setting out how much they "dug" his work, and ended with them asking if it would be all right if they used "The Man Who Wasn't There" as the title for a movie about a barber who really wants to be a dry cleaner, and so many people meeting violent death. Once he'd sorted out what they were after, Mr Guttenberg informed the brothers that he himself was not the proprietor of the title in question, and advised them to ring up his movie's producer, Universal Pictures.

Intimidated by the mention of Universal Pictures, they handed the matter over to the phalanx of lawyers whose full-time job it is to protect the two brothers from themselves. Securing rights in the title was achieved in one short and businesslike phone call. I had my holiday; you see the film.




Si usted, improbable lector, tuvo la paciencia de llegar hasta acá, se preguntará seguramente porqué los hermanos Coen trabajan con un montajista que los desprecia y odia sus películas. En realidad, ellos mismos editan sus films: el inglés semiretirado Jaynes es un seudónimo y además, una esquizofrénica creación de sus mentes, con una ficta biografía y un mal genio de empleado del ANSES.


¿Se imaginan si llegaran a ganar un oscar por mejor montaje?

La Historia tiende a ser cíclica: un momento kodak siglo XXI sería la remake del episodio Marlon. En no-me-acuerdo-qué-año, Brando ganó el oscar por mejor actor. Lo entregaba el bueno de Roger Moore. Una mujer de sangre cherokee o siux o qué se yo subió a recibir el premio, y a rechazarlo en nombre del ganador, a modo de protesta por el "maltrato de la industria a la comunidad indígena" ("¿Acaso no les alcanza con Thanksgiving Day?", se preguntaban, indignados, los progres de la Academia).

La remake sería:

2008. Los Coen ganan el oscar, pero al escenario sube un viejo decrépito con bastón que afirma ser el auténtico Roderick Jaynes, y vocifera, ante la mirada atónita del auditorio, su rechazo a la estatuilla por el maltrato de Hollywood a la comunidad mexicana, que "tan bien mantiene limpios los baños de los sets y tan mal se les paga", y además... Y justo ahí se cierran las cortinas bordó, aturden los violines y se apaga el micrófono del premiado -es vox pópuli que, desde el papelón de SHAME ON YOU, MR PRESIDENT de Michael Moore, la transmisión de los Oscars tiene el más rápido y eficaz sistema de censura del mundo-. En la conferencia post-ceremonia se amontona la prensa; para sorpresa de todos, no es Jaynes sino un funcionario californiano el que se planta frente a los micrófonos, y con la economía verbal que caracteriza a la administración Terminator, anuncia que el valiente inglés ha desaparecido y se desconoce su paradero.


Telón.

lunes, 20 de agosto de 2007

Cita


"An artist never works under ideal conditions.
If they existed, his work wouldn't exist,
for the artist doesn't live in a vacuum.
Some sort of pressure must exist.
The artist exists because the world is not perfect.

Art would be useless if the world were perfect,
as man wouldn't look for harmony but would simply live in it.
Art is born out of an ill-designed world."

Andrei Tarkovsky

lunes, 23 de julio de 2007

Floor collapsing

"You are the music while the music lasts." - T. S. Eliot


Nada mejor, no hay nada mejor que higienizar los oídos, después de cuatro horas de rednecks -sweeeeeeeet home Alabamaaaaa- iracundos y rotundas señoras, 240 minutos de yes, ma'am, sure sir, right away, hold on, no hay nada mejor que banderitas colgando en Plaza de Mayo y autos y colectivos y entonces Play -modo aleatorio y averquésale- y hoy fue justo tan justo (ah perdón, acá están las comas) hoy tan justo decía, Plaza de Mayo y entonces empieza, Transports, motorways and tramlines, y miro pa' arriba y sonrío, intuyo intervención divina porque no hay canción más perfecta para ese momento, starting and then stopping, y se oyen bocinas, motores, frenadas, zapatos, ringtones y yo los veo y no lo oigo, están ahí y no los oigo, al amparo de un inglés enano de Oxford que desgarra y duele, the emptiest of feeeeeeeelings, dissapointed people, clinging on to bottles, y entonces sucede, siempre en esa parte de la canción, de repente floto, me elevo, soy un punto blanco en un mar negro, de golpe soy el único a salvo de todo, and when it comes it so so dissapointing leeeeeeeeeet down and hangin' around, y la voz que no es voz sino grito y no es grito sino dolor lacerante, un millón de dagas en La Mayor que caen desde el cielo para purificar y desvastar y mutilar y masacrar a tanto saco y corbata y cafeína y alarmas y clonazepam y humo y basura y todo eso. Uff. Basta, muy cursi, dice Thom, don't get sentimental, it always ends up drivel, y ahí es la anticipación, la efímera e inefable sensación de gloria cuando ya sé lo que viene, cuando sé la magnitud de lo que viene, y lo que viene pasa por encima de todo, barre la ciudad entera, la arranca de sus entrañas, todos caminan y la ciudad se vuela, caminan y se vuela, se vuela, tornado íntimo que sólo yo veo, que está en mis oídos y está en todos lados y nadie, absolutamente nadie ve, ¿soy el único? ¿Que no ven lo que está pasando? Se están pudriendo todos y el vaho ahuyenta a los pájaros, y ahora sí, and one day, I am gonna grow wings, ahora sí floto, chau idiotas, a chemical reaction, chau grotescos deformes hastiados alienados, hysterical & useless, hysterical and...

Uff.


Lo que queda,
cómo escribirlo,
con qué palabras...

Aparte, las palabras, uff... las palabras, decía Oliveira...


You know,
you know where you are with,
you know where you are with,
floor collapsing,
falling,
bouncing back
and one daaaaaaaaaay,
I'm gonna grow wings,
a chemical reaction,
(You'll know where you aaaaaaaare)
hysterical and useless
(You'll know where you aaaaaaaaaare)
hysterical and
(you'll know where you aaaaaaaaaaaaare)
let down and hanging around,
crushed like a bug in the ground

Let down and hanging around









Ahhhh, gracias, ya está. Limpio. Qué alivio. Uff. Ok, vamos:
Thank you for calling the New AT&T now joined...











And one day,
you'll know where you are

sábado, 21 de julio de 2007

Rewind

Y entonces la Piqui dice “¿miramos los videitos?” y ni hace falta preguntar, ya sabemos que sí, que es irresistible, que pocas cosas nos gustan más que sillón del living, mantita para tapar los pies y no tener frío, café con leche y VHS hecho pelota, domingo de galletitas y pelos de perro en el piso y todo eso, lo de siempre. Piempre.

(¿Pero por qué el plural? Dejemos el plural; no, perdón, DEJO EL PLURAL. We are one, pero de ahora en más hablo por mí.)

¿De dónde viene la fascinación con esa imagen, por qué rewind una y otra vez? Lo veo mil veces, mil y una. Y después pongo pausa, aunque se vea horrible, pausa en el instante exacto en que la cámara se mueve un poquito y allá al fondo, en tercer plano, casi como perdida o sola, aparece la nenita más preciosa, vestido floreado y bucles de afiche publicitario, cara chiquita -piquitita- y asustada, las manos en la boca; sin saber bien qué hacer con las manos o con sus cuerpo o con sus rulos. Están todos alrededor del bebé recién llegado; la Piqui mira desde un costadito, abre grandes los ojos y parpadea, como si estuviera inmersa en un circo absurdo –como si todo fuera un circo absurdo-, en el que cada personaje hace lo suyo, dice lo que tiene que decir, hace lo que tiene que hacer, sigue el libreto, y ella, pobre nenita hermosa, es la única que vino sin manual de instrucciones, sin guiones; nadie le avisó nada, nadie le explicó que 2+2=4, que cuando llega un hermanito todos son felices de repente y sólo por un rato, que hay que tener amiguitas y caminar con gracia y mirar a las personas a los ojos y saludar con un beso y sonreír y vivir.

¿Y poké, eh? ¿Quién les dijo que yo quería vivir, para qué me trajeron? ¿Esto es estar vivo, existir, esto es lo que ustedes llaman realidad? A ver, veamos, realidad: ahí está mi papá, ese señor es mi papá, ok. Realidad: tiene en brazos a un nenito diminuto que acaba de llegar del norte -ya me perdí un poquito-. Es mi nuevo hermanito, bueno, eso sí que no se ve todos los días... Y claro, como siempre, acá nadie me dice nada, se olvidan, ¿qué se supone que haga ahora? ¿Me acerco, lo tengo en brazos, le doy un besito (bejito)? Se ve bonito, como un oso o un muñeco de plástico, y no quiere abrir los ojos. Que no los abra nunca, ¿para qué? ¿Sabrá que llegó al circo, sabrá su papel de memoria, tan chiquito? Abrir los ojos y ver esto, realidad, esto: todos tan contentos de golpe, risas, corridas, gritos, fotos, flashes, una manchita en el suelo de mármol que se parece a la luna, risas, gritos, ruidos, flashes, la luna, gritos risas fotos la luna es igual a la luna igual igual. Basta.

Y entonces, de tanto mirarlo, de tanto rewind y pause, creo que lo puedo cambiar: ahora también aparezco yo, más chiquitito, y le doy la mano a la nenita perdida, y le señalo la manchita, ¿la ves a la mancha blanca? Ah, ¿vos también la habías visto? Igual a la luna, y dejalos que griten y que corran, yo te llevo de la mano. Mapas no, no tengo, tampoco entiendo mucho de nada, tampoco sé para qué me trajeron pero ¿qué importa? Si acá estoy yo, para señalarte las manchitas y las hojas secas de los árboles, para caminar torcido con vos y chocar los postes y tropezar con los escalones y mirar por la ventana, los ojos bien abiertos, mirar ese circo imposible y parpadear, perplejos, parpadear.

Y dos más dos siempre es cinco.


te amo mi amor